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Cómo el sonido influye en el cerebro, el cuerpo y las emociones

Por Nuza

«Nāda brahma: el mundo es sonido.» Máxima del nāda yoga, la rama del yoga dedicada al sonido (Berendt, 1983)

Hay una experiencia que casi todos conocemos: estar cerca de una bocina grande y sentir los graves retumbar en el pecho. No lo escuchas nada más, lo sientes en el cuerpo. Eso es el sonido: algo físico, que se mueve y te alcanza.

En este artículo vamos a ver qué es exactamente el sonido, qué le hace a tu cuerpo y a tu mente, qué dice la física, y qué ha encontrado la ciencia cuando pone a prueba el sound healing.

Pintura de una figura tocando una lira, con formas doradas y simbólicas alrededor.
El sonido como fuerza que mueve el alma. «La música», de Gustav Klimt (1895). Dominio público, vía Wikimedia Commons.

El sonido es algo que toca

El sonido es vibración que viaja. Cuando algo vibra —una cuerda, un cuenco, tus cuerdas vocales— empuja el aire a su alrededor en ondas, y esas ondas viajan hasta encontrarse con algo: un oído, una pared, un cuerpo. La frecuencia es la velocidad de esa vibración, medida en hercios (Hz): cuántas veces vibra por segundo. Pocas vibraciones por segundo se escuchan graves; muchas, agudas.

Y aquí viene el dato que explica por qué un baño de sonido se siente en todo el cuerpo: más de la mitad de tu cuerpo es agua, y el sonido viaja por el agua más de cuatro veces más rápido que por el aire. Cuando un gong suena cerca de ti, tus oídos lo escuchan — y el resto de tu cuerpo lo recibe como vibración directa.

La forma del sonido

En 1787, el físico alemán Ernst Chladni hizo un experimento que se volvió legendario: esparció arena sobre una placa de metal y la hizo vibrar con el arco de un violín. La arena se acomodó sola en patrones geométricos — distintos para cada frecuencia. Por primera vez, el sonido se podía ver.

Una placa de Chladni en acción: al vibrar, la arena dibuja el patrón de la frecuencia. Video: Estes Objethos Atelier (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.
Placa triangular dorada con patrones simétricos dibujados por arena al vibrar con una frecuencia.
Cada frecuencia dibuja su propia figura. Foto: Estes Objethos Atelier (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.
Placa rectangular dorada cubierta de líneas onduladas que la arena formó al vibrar.
Otra placa, otra frecuencia, otro dibujo. Foto: Estes Objethos Atelier (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

En los años sesenta, el médico suizo Hans Jenny retomó estos experimentos con líquidos y polvos, los fotografió durante años y les puso nombre: cimática, el estudio de cómo el sonido da forma a la materia (Jenny, Kymatik, 1967). Sus imágenes parecen mandalas — y no es casualidad que lo parezcan: son la geometría natural de la vibración.

Todo lo que existe vibra

Hay un fenómeno que muestra el poder del sonido sobre la materia: se llama resonancia. Quizá hayas visto que una cantante de ópera puede romper una copa con su voz, sin tocarla.

Pasa porque cada objeto tiene una vibración propia, como una nota escondida. Si un sonido da justo con esa nota, la copa empieza a vibrar cada vez más fuerte, hasta quebrarse.

Lo interesante es que tu cuerpo también tiene esas notas escondidas. Los huesos, el pecho, los espacios huecos de la cabeza: cada parte responde a ciertas vibraciones. Por eso, cuando un cuenco o un gong suena cerca de ti, no solo lo oyes — algo dentro de ti empieza a vibrar con él.

Y si vamos hasta el fondo de la materia, la cosa se pone más interesante todavía. Solemos pensar que las cosas están hechas de piezas sólidas y firmes. Pero la física moderna descubrió que, en lo más pequeño, no hay nada sólido: lo que llamamos materia es, en realidad, energía vibrando. Así que la mesa, tu mano, el aire y tú están hechos de lo mismo: energía en movimiento (Carroll, 2012).

Entonces el sonido no necesita ser «mágico» para hacerte bien. Su efecto es concreto y se puede medir: baja el pulso, calma la mente y afloja la tensión del cuerpo. Eso es lo que pasa, de verdad, cada vez que te entregas a un buen sonido.

Lo que ha encontrado la ciencia

Empecemos por lo más contundente. Investigadores reunieron 104 estudios clínicos con más de 9,600 personas para responder una sola pregunta: ¿la música realmente baja el estrés? La respuesta fue sí, y no solo «te sientes mejor»: midiendo el cuerpo, encontraron que baja el cortisol (la hormona del estrés), el pulso y la presión arterial (de Witte et al., Health Psychology Review, 2020). Es uno de los análisis más grandes que existen sobre el tema, y el resultado es claro.

Con los cuencos tibetanos pasó algo parecido. Después de una sola sesión de sonido, un grupo de personas reportó menos tensión, menos enojo, menos cansancio y mejor ánimo — y quienes llegaron con dolor físico, salieron con menos (Goldsby et al., 2017). Lo más llamativo: los que más mejoraron fueron los que nunca lo habían probado.

Hasta el cerebro responde a un ritmo exacto. Esto es lo más asombroso: en el MIT descubrieron que estimular el cerebro con sonido y luz a 40 vibraciones por segundo logró reducir las placas del Alzheimer en ratones, y los primeros estudios en humanos apuntan a lo mismo — menos deterioro cerebral en quienes recibieron el sonido (Iaccarino et al., Nature, 2016; Martorell et al., Cell, 2019). El cerebro, literalmente, se sincroniza con el ritmo que escucha. A eso los científicos le llaman arrastre: un ritmo de afuera que ordena los ritmos de adentro.

Por qué te relaja un baño de sonido

Varios cuencos tibetanos de metal sobre un tapete, listos para una sesión de sonido.
Los cuencos tibetanos de un baño de sonido: cada uno suena en una frecuencia distinta. Foto: G. P. Witteveen (CC BY-SA 4.0), vía Wikimedia Commons.

Si leíste el artículo de la respiración, ya conoces al protagonista: el sistema nervioso autónomo, con su acelerador y su freno. El sonido le habla directamente.

Un sonido constante, suave y predecible —un cuenco que se apaga lentamente, una voz sostenida— es para tu sistema de alarma una señal de que no hay peligro. A eso súmale que en un baño de sonido estás acostado, inmóvil, con los ojos cerrados y respirando lento: todas las condiciones del freno activadas al mismo tiempo. La vibración hace el resto: el cuerpo la recibe como un masaje de ondas, los sentidos se recogen hacia adentro, y la mente tiene un solo objeto que seguir.

El yoga llegó aquí hace siglos, otra vez: el nāda yoga es la rama dedicada al sonido como camino de meditación, y la Haṭha Yoga Pradīpikā (siglo XV) describe bhrāmarī, la respiración de la abeja: exhalar zumbando. El zumbido alarga la exhalación —el freno del corazón— y llena el cráneo de vibración. Es sound healing hecho solo con tu voz.

Para practicar hoy

1. Bhrāmarī, la respiración de la abeja

Siéntate en una posición cómoda, cierra los ojos e inhala por la nariz. Al exhalar, con la boca cerrada, haz un zumbido grave y sostenido —como una abeja— hasta vaciarte. Siente dónde vibra: el pecho, la garganta, la cara. Repite de cinco a diez veces. Si quieres más intensidad, tapa suavemente tus oídos con los pulgares: la vibración se escucha entera por dentro.

2. Seguir un sonido hasta el final

Toca una campana, un cuenco o una nota de cualquier instrumento, y sigue el sonido con toda tu atención hasta que desaparezca por completo. El momento exacto en que el sonido se vuelve silencio es difícil de soltar — y por eso es un entrenamiento perfecto de concentración. Tres campanadas bastan.

3. Un baño de sonido

Si nunca has ido a uno: te recuestas cómodamente en el piso, te tapas con una cobija si quieres, y durante 45 a 60 minutos suenan cuencos, gongs y campanas a tu alrededor. No tienes que hacer nada — esa es la práctica. Las primeras veces la mente comenta todo; déjala. El cuerpo entiende solo.

Los ojos se cierran; los oídos, nunca. El sonido es el arte que entra sin pedir permiso, y por eso es uno de los caminos más directos hacia adentro.

Referencias

  1. de Witte, M., Spruit, A., van Hooren, S., Moonen, X. y Stams, G. J. (2020). Effects of music interventions on stress-related outcomes: a systematic review and two meta-analyses. Health Psychology Review, 14(2), 294–324. doi:10.1080/17437199.2019.1627897
  2. Goldsby, T. L., Goldsby, M. E., McWalters, M. y Mills, P. J. (2017). Effects of singing bowl sound meditation on mood, tension, and well-being: an observational study. Journal of Evidence-Based Complementary & Alternative Medicine, 22(3), 401–406. doi:10.1177/2156587216668109
  3. Garcia-Argibay, M., Santed, M. A. y Reales, J. M. (2019). Efficacy of binaural auditory beats in cognition, anxiety, and pain perception: a meta-analysis. Psychological Research, 83(2), 357–372. doi:10.1007/s00426-018-1066-8
  4. Iaccarino, H. F. et al. (2016). Gamma frequency entrainment attenuates amyloid load and modifies microglia. Nature, 540, 230–235.
  5. Martorell, A. J. et al. (2019). Multi-sensory gamma stimulation ameliorates Alzheimer's-associated pathology and improves cognition. Cell, 177(2), 256–271.
  6. Chladni, E. F. F. (1787). Entdeckungen über die Theorie des Klanges (Descubrimientos sobre la teoría del sonido). Leipzig.
  7. Jenny, H. (1967). Kymatik (Cimática). Basilea: Basilius Presse.
  8. Carroll, S. (2012). The Particle at the End of the Universe. Dutton. (Sobre la materia como vibración de campos cuánticos.)
  9. Berendt, J.-E. (1983). Nada Brahma: El mundo es sonido. (Sobre el nāda yoga y la tradición del sonido.)
  10. Svātmārāma. Haṭha Yoga Pradīpikā (siglo XV), capítulo 2 (bhrāmarī).

Créditos de imágenes: Video y fotografías de placas de Chladni: Estes Objethos Atelier (CC BY-SA 4.0). Cuencos tibetanos: G. P. Witteveen (CC BY-SA 4.0). Vía Wikimedia Commons.