Por Nuza
«Savasana es la más difícil de perfeccionar de todas las posturas — y también la más reparadora.» B.K.S. Iyengar, Luz sobre el Prāṇāyāma (1981)
Al final de casi toda clase de yoga llega un momento que parece que no es nada: te acuestas, cierras los ojos y te quedas quieto unos minutos. Por fuera no pasa gran cosa, y es fácil tomarlo como un simple cierre antes de irte. Pero esa postura tiene nombre, tiene siglos, y muchos maestros la consideran la más importante de todas.
Se llama savasana, y en este artículo vamos a ver qué es, por qué importa tanto y por qué —aunque parezca la más fácil— es en realidad la más difícil de dominar.
La postura del cadáver
Savasana viene del sánscrito śava (cadáver) y āsana (postura): la «postura del cadáver». El nombre suena fuerte, pero es exacto. Se trata de acostarte boca arriba, completamente quieto, soltando todo el peso del cuerpo al suelo, como si por unos minutos dejaras de sostenerte. No hay nada que lograr, nada que estirar, ningún esfuerzo. Solo soltar.
Por qué es la más importante
La razón tiene que ver con una palabra: integración. Durante una clase mueves el cuerpo, cambias la respiración, activas el sistema nervioso. Savasana es el momento en que todo eso se asienta. Es como cuando agitas un frasco con agua y tierra: solo cuando lo dejas quieto, el agua se aclara. El cuerpo necesita esa quietud para absorber lo que acabas de hacer.
Si te saltas savasana, te pierdes justo la parte donde la práctica «cuaja». Como dice el maestro T.K.V. Desikachar, el descanso al final no es un añadido: es lo que permite que el cuerpo asimile el trabajo y vuelva al equilibrio (El corazón del yoga, 1995).
Lo que pasa en tu cuerpo
Si leíste el artículo de la respiración, ya conoces al sistema nervioso autónomo, con su acelerador (el estrés) y su freno (la calma). Savasana es una de las formas más directas de pisar el freno.
En los años setenta, el cardiólogo de Harvard Herbert Benson estudió qué pasa en el cuerpo cuando una persona se relaja profundamente y le puso un nombre: la respuesta de relajación. Descubrió que baja la presión arterial, se hace más lento el pulso, la respiración se calma y el consumo de oxígeno disminuye. Es lo opuesto exacto al estado de estrés (Benson, The Relaxation Response, 1975). Acostarte en savasana, con el cuerpo inmóvil y la respiración suave, es una de las maneras más sencillas de provocar justo esa respuesta.
La postura más difícil
Aquí está la paradoja. B.K.S. Iyengar, uno de los maestros más importantes del siglo XX, decía que savasana es la más difícil de todas las posturas. En su libro Luz sobre el Prāṇāyāma le dedicó más páginas que a cualquier otra (Iyengar, 1981).
¿Por qué difícil, si solo es acostarse? Porque estar quieto por fuera es fácil; estar quieto por dentro no lo es. En cuanto el cuerpo se detiene, la mente empieza: la lista de pendientes, lo que dijiste, lo que falta. Savasana no es dormir ni desconectarte — es quedarte despierto y presente mientras todo lo demás se suelta. Eso es lo que cuesta, y eso es exactamente lo que se entrena.
El descanso que el yoga siempre honró
Esta quietud consciente tiene raíces muy antiguas. En la mitología del yoga, el universo descansa en la figura de Vishnu, recostado sobre una serpiente cósmica entre dos ciclos del mundo: ni dormido ni despierto, en un reposo del que todo vuelve a nacer.
De esa misma raíz nace el yoga nidra, el «sueño yóguico»: una práctica de relajación profunda que se hace, justamente, en savasana. Acostarte al final de la clase es entrar, aunque sea un momento, en ese descanso del que se sale renovado.
Cómo hacer savasana
La postura, paso a paso
Acuéstate boca arriba. Separa un poco los pies y deja que caigan solos hacia afuera. Pon los brazos un poco alejados del cuerpo, con las palmas hacia arriba. Si la espalda baja te molesta, pon un cojín bajo las rodillas. Cierra los ojos.
Suelta el peso de cada parte: la cabeza, los hombros, las manos, las piernas. Deja que el suelo te sostenga por completo. No controles la respiración; solo obsérvala. Si la mente se va, vuelve al cuerpo y al aire que entra y sale. Quédate de cinco a diez minutos.
Para salir, no te levantes de golpe: mueve primero los dedos de las manos y los pies, gírate de lado un momento, y sube despacio. El cuidado al salir es parte de la postura.
Las posturas fuertes son las que más llaman la atención. Pero savasana es la que de verdad cierra el círculo: el momento en que dejas de hacer para por fin recibir. Por eso es la más importante — y por eso, casi siempre, es la que más falta nos hace.
Referencias
- Iyengar, B. K. S. (1966). Light on Yoga (Luz sobre el Yoga). George Allen & Unwin. (Capítulo sobre savasana.)
- Iyengar, B. K. S. (1981). Light on Prāṇāyāma (Luz sobre el Prāṇāyāma). HarperCollins. (Dedica a savasana más páginas que a cualquier otra postura.)
- Benson, H. y Klipper, M. Z. (1975). The Relaxation Response. Harvard / William Morrow. (Cardiólogo de Harvard; describe la respuesta de relajación.)
- Benson, H. et al. (1974). The relaxation response. Psychiatry, 37(1), 37–46.
- Saraswati, S. S. (1976). Yoga Nidra. Bihar School of Yoga. (Sobre el sueño yóguico practicado en savasana.)
- Desikachar, T. K. V. (1995). The Heart of Yoga. Inner Traditions. (Sobre el descanso y la integración en la práctica.)
Créditos de imágenes: Fotografía de savasana: vía Pexels (uso libre). Miniatura de Vishnu sobre la serpiente cósmica: dominio público. Vía Wikimedia Commons.
