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Tu cerebro es tu mejor herramienta de trabajo

Por Nuza

Cuidamos las herramientas de trabajo. Le cambiamos el aceite al coche, actualizamos la computadora, cargamos el teléfono antes de que se apague. Pero la herramienta con la que de verdad trabajas todo el día —la que decide, resuelve, escribe, calcula, atiende, dirige— casi nunca recibe mantenimiento. La traes encendida desde que suena la alarma hasta que caes rendido, y aun así esperas que rinda igual a las nueve de la mañana que a las siete de la tarde.

Esa herramienta es tu cerebro. Y resulta que, igual que el cuerpo, se puede entrenar para rendir mejor: para enfocarse más rápido, cansarse menos y equivocarse menos. El yoga lleva miles de años entrenándolo, y hoy la ciencia mide ese entrenamiento con números. Esto es lo que sabemos.

Pintura de un vagón lleno de gente cansada, sentada en silencio camino al trabajo.
La jornada agota una herramienta que casi nunca afinamos. «El vagón de tercera clase», de Honoré Daumier (c. 1862-64). Dominio público, vía Metropolitan Museum of Art.

Más horas no es más trabajo hecho

Solemos medir el trabajo en horas: cuántas estuviste sentado, cuántas le metiste al pendiente. Pero el cerebro no produce parejo durante esas horas. Produce bien cuando está enfocado, y el enfoque es un recurso que se gasta y se agota. Una hora con la cabeza clara puede valer por tres horas distraído. Por eso quien rinde no es siempre quien más horas le mete, sino quien sostiene mejor la atención mientras está ahí.

Y aquí está el problema: casi todo en un día normal de trabajo conspira contra esa atención. El correo que entra, el mensaje que vibra, la junta que interrumpe, las quince pestañas abiertas. Cada una parece inofensiva. Juntas, le cobran a tu cerebro un impuesto que casi nadie ve.

El impuesto invisible de la distracción

Cada vez que dejas una tarea para atender otra, una parte de tu atención se queda atorada en la primera. No cambias de tarea limpiamente, como quien apaga una luz y prende otra; te llevas un pedazo de la anterior contigo. La investigadora Sophie Leroy lo midió y le puso nombre: «residuo de atención». En sus experimentos, las personas que saltaban de una tarea a otra rendían peor en la siguiente, porque la cabeza seguía masticando la que dejaron a medias (Leroy, 2009).

Súmale el mito de hacer varias cosas a la vez. En la Universidad de Stanford compararon a las personas que viven saltando entre pantallas y estímulos con las que no, esperando que las primeras fueran unas expertas en manejar varias cosas. Encontraron lo contrario: quienes más hacían malabares con la información eran peores filtrando lo irrelevante y peores cambiando de tarea (Ophir, Nass y Wagner, 2009). Hacer mil cosas a la vez no te entrena para hacer mil cosas a la vez; te entrena para distraerte.

Pintura de un barco envuelto en una tormenta, todo torbellino de luz y bruma.
Así trabaja un cerebro saltando entre mil estímulos: mucho movimiento, poca claridad. «Tormenta de nieve», de J. M. W. Turner (1842). Dominio público, vía Wikimedia Commons.

La buena noticia es que la atención no es un rasgo fijo con el que naciste, como la estatura. Es una habilidad. Y como toda habilidad, se entrena.

La atención se entrena como un músculo

Aquí es donde entra el yoga, y vale la pena entender qué hace exactamente, porque no es magia ni misticismo. Buena parte de una práctica consiste en sostener la atención en un solo lugar —la respiración, una postura, un punto fijo de la mirada (lo que en yoga se llama dṛṣṭi)— y, cada vez que la mente se va, traerla de vuelta. Ese regreso, repetido cientos de veces en una clase, es exactamente el gesto que necesitas para no perderte en la pestaña catorce mientras intentas terminar un reporte.

Las posturas de equilibrio lo dejan clarísimo. Párate en un pie en la postura del árbol (Vṛkṣāsana) o cruza brazos y piernas en la del águila (Garuḍāsana): en el momento en que tu mente se distrae, te tambaleas. El cuerpo te avisa al instante cuándo estás presente y cuándo no. No hay forma de fingirlo. Practicas, con tu propio peso, la habilidad de poner la atención donde tú decides y dejarla ahí.

Pintura de una clase de baile: alumnas practicando una y otra vez bajo la mirada del maestro.
La concentración no se ordena, se ensaya: una y otra vez, como en cualquier disciplina. «La clase de danza», de Edgar Degas (1874). Dominio público, vía Metropolitan Museum of Art.

Y se nota rápido, no en años

Lo interesante es que esto no es una promesa vaga de bienestar a largo plazo. Se mide, y se mide pronto. En la Universidad de Illinois pusieron a un grupo a hacer una sola sesión de veinte minutos de yoga y luego les aplicaron pruebas de memoria y de concentración. Después de esos veinte minutos respondían más rápido y con menos errores que después de hacer ejercicio aeróbico o que sin hacer nada (Gothe et al., 2013). Una sesión. Veinte minutos. Y la cabeza ya trabajaba mejor.

No es un hallazgo suelto. Una revisión que juntó muchos estudios sobre yoga y mente encontró el mismo patrón una y otra vez: mejora la atención, la velocidad para procesar información y lo que los científicos llaman función ejecutiva —la capacidad de planear, organizar y no irse por las ramas— (Gothe y McAuley, 2015). Y no hace falta volverse yogui de tiempo completo: en otro estudio, dos semanas de entrenar la atención bastaron para subir la memoria de trabajo (esa que usas para sostener varios datos en la cabeza mientras resuelves) y hasta para mejorar las calificaciones en un examen de comprensión de lectura (Mrazek et al., 2013).

Dibujo antiguo de un practicante de yoga sentado en una postura, en un manuscrito.
Lo que practicas en el tapete —recoger la atención— es lo mismo que necesitas frente al escritorio. Manuscrito Sritattvanidhi (siglo XIX). Dominio público.

Un cerebro que envejece más despacio

Hay un beneficio más, y este juega a largo plazo. Con los años, el cerebro pierde volumen de forma natural; es parte de envejecer. Pero en la Universidad de California en Los Ángeles compararon a personas que llevaban mucho tiempo practicando meditación y yoga con personas que no, y vieron que el cerebro de quienes practicaban se conservaba mejor: perdía menos materia con la edad (Luders et al., 2015). Dicho simple: la herramienta no solo rinde mejor hoy; se desgasta más despacio. Si tu trabajo depende de tu cabeza, eso es invertir en el activo que te va a acompañar toda la vida.

Qué significa esto un martes cualquiera

Llevemos los estudios a la mesa, a donde de verdad importa. Un cerebro entrenado de esta forma se traduce, en un día normal, en cosas muy concretas: te enfocas más rápido y te cuesta menos sostenerlo, así que terminas en menos tiempo. Te distraes menos y, cuando algo te interrumpe, regresas a lo tuyo sin perder el hilo. Reaccionas menos en caliente, así que cometes menos de esos errores que después hay que arreglar. Decides con la cabeza más fría. Y te recuperas mejor, así que no llegas al jueves arrastrándote.

Nada de esto es exclusivo de quien trabaja en una oficina. Le sirve a quien maneja un negocio, a quien atiende clientes, a quien estudia, a quien cuida una casa, a quien crea. Cualquier trabajo que dependa de tu atención, tus decisiones y tu ánimo —es decir, casi todos— mejora cuando la herramienta que lo hace está afinada.

Pintura de una persona de pie sobre una roca, mirando un paisaje despejado por encima de la niebla.
Cuando la atención se aclara, ves el panorama completo en vez de la niebla. «El caminante sobre el mar de niebla», de Caspar David Friedrich (c. 1818). Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Una práctica para tu escritorio

No necesitas tapete ni media hora libre para empezar a recoger ese residuo de atención del que hablábamos. Prueba este reinicio de enfoque cada vez que vayas a cambiar de tarea:

Reinicio de enfoque (un minuto)

Antes de saltar de una cosa a la otra:

  • Cierra de verdad lo anterior. Anota en una línea dónde lo dejaste, para que tu cabeza suelte el pendiente y no lo siga masticando.
  • Suelta los hombros y deja salir una exhalación larga. Fija la mirada en un solo punto —una esquina del escritorio, un objeto— y déjala ahí mientras dura ese respiro.
  • Nombra la única cosa que sigue. No la lista entera: la siguiente. Y empieza solo esa.

Es, en pequeño, lo que entrena una clase entera: poner la atención donde tú decides y dejarla ahí. Hazlo entre juntas, antes de una llamada difícil o a media tarde, cuando la cabeza empieza a dispersarse.

El cuerpo y el cerebro no son dos cosas separadas: lo que le haces a uno se lo haces al otro. Por eso mover el cuerpo, respirar con calma y aprender a enfocar no es tiempo que le quitas al trabajo. Es mantenimiento de la herramienta con la que trabajas. Y una herramienta afinada hace mejor cualquier oficio.

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Referencias

  1. Leroy, S. (2009). Why is it so hard to do my work? The challenge of attention residue when switching between work tasks. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 109(2), 168–181.
  2. Ophir, E., Nass, C. y Wagner, A. D. (2009). Cognitive control in media multitaskers. PNAS, 106(37), 15583–15587. (Universidad de Stanford.) doi:10.1073/pnas.0903620106
  3. Gothe, N. P., Pontifex, M. B., Hillman, C. y McAuley, E. (2013). The acute effects of yoga on executive function. Journal of Physical Activity and Health, 10(4), 488–495. (Universidad de Illinois.)
  4. Gothe, N. P. y McAuley, E. (2015). Yoga and cognition: a meta-analysis of chronic and acute effects. Psychosomatic Medicine, 77(7), 784–797.
  5. Mrazek, M. D., Franklin, M. S., Phillips, D. T., Baird, B. y Schooler, J. W. (2013). Mindfulness training improves working memory capacity and GRE performance while reducing mind wandering. Psychological Science, 24(5), 776–781. (Universidad de California, Santa Bárbara.)
  6. Luders, E., Cherbuin, N. y Kurth, F. (2015). Forever Young(er): potential age-defying effects of long-term meditation on gray matter atrophy. Frontiers in Psychology, 5, 1551. (Universidad de California, Los Ángeles.)